
Retomamos la historia, haciendo un poco de resumen de lo anterior. Dejamos a Isabel María dando clases en el colegio público “El Prado”, recordemos que los maestros y maestras vivían en lo que hoy es el Centro Cívico. Corría el año 1995.
Entramos, podríamos decir, en la segunda etapa de la vida profesional, de esta entrañable maestra. De esta contestaría, sembradora de progreso y evolución, y no digo esto porque sí, según se vaya desarrollando la historia podrán darse cuenta del por qué de mis palabras.
A veces, hay seres humanos, que experimentan la necesidad de ir un paso más allá, y esto fue lo que les ocurrió a este grupo de maestros y maestras dentro del cual se encontraba Isabel María. Eran personas con inquietudes. Decidieron impartir una serie de talleres innovadores en aquel tiempo, marquetería, costura, cultivo mediante huertos, sexualidad. Lo innovador no estaba en las actividades, ya que antiguas son en la vida del ser humano, no, lo innovador residía en que en aquel tiempo, se les enseñó a los niños a coser y a las niñas a hacer marquetería, entre otras cosas. Empresa harto difícil para la mentalidad del momento.
Hubieran querido quedarse en el centro escolar “los Eucaliptos”, ya que les parecía que el ambiente social, era más propicio allí, para el programa que pretendían impartir. Pero por diferentes motivos, entre ellos que los compañeros mayores no querían cambiar, se fueron al colegio de “El Prado” como ya hemos contado.
Cuando llegaron a dicho colegio, se encontraron que no tenían absolutamente de nada, unas cuantas mesas viejas tal vez. Tanto fue así, que incluso las papeleras, las hicieron con bombos de detergente que forraban, para embellecerlos de algún modo, -“Aunque no teníamos dinero ni materiales, recuerdo, que todas las niñas y niños colaboraron. Formamos un colegio”- Así, con este espíritu y este colegio casi improvisado, empezaron a funcionar.
Al cabo del año les mandaron materiales nuevos, pero solo pizarras y mesas, lógicamente para dar clases se requerían además otros materiales. Decidieron entonces, de común acuerdo, poner 10.000 pts. por persona, de su propio bolsillo, para poder comprar los materiales fungibles de primera necesidad, tales como folios, tizas, borradores y todo lo imprescindible. Carecían de multicopista, la tecnología de la época, pero poco a poco, todo eso fue llegando y los fueron dotando del material necesario.
Traían un programa y pretendían ponerlo en marcha. Decidieron dar todas las clases por la mañana, para por las tardes hacer los talleres, dos o tres días en semana, de forma que todos los niños y niñas, participaran de todas las actividades. Al principio hubo alguna reticencia por parte de los padres. En algunas casas se preguntaban, qué era eso de que un niño cosiera. Se les pudo hacer entender, que saber pegar un botón, no comprendía ningún riesgo para nadie y era algo que podía hacerles falta en cualquier momento. Ahora, en el presente, esto parece una broma, pero en ese momento costó. Estos talleres funcionaron durante 5 años más o menos, después tuvieron que dejar el colegio, porque hubo una extensión del instituto. Ese fue el embrión, para que en Olivares hubiese instituto de bachillerato, ya que hasta entonces el alumnado, tenía que ir a Sanlucar la Mayor.
Los talleres fueron un éxito, sobre todo sirvieron para que las y los estudiantes más díscolos, en cualquier aspecto, bien por estar menos capacitadas o capacitados, bien por ser más inquietas o inquietos, pudieran estar controlados de alguna manera.
Ya hemos dicho que uno de los talleres que primero funcionó fue el huerto, que pasó a ser un taller de segunda etapa, porque consiguieron partir la asignatura de naturales en dos, teoría y práctica. La teoría era lo normal que se daba en clase, la práctica el huerto. Cada una de las partes valía 5 puntos, entre las dos sumaban diez. De esta manera podía aprobarla todo el mundo. Por ejemplo, aunque la nota de química no llegara, con la del huerto se arreglaba el problema, además este iba muy bien, daba más de 40 zanahorias, otras tantas lechugas etc. La parte negativa era que había cierto pillaje, una familia concreta, que por supuesto Isabel no quiere nombrar, lo destrozaba todos los fines de semana, de modo que los lunes eran días de sofocón, ya que lo encontraban arrasado. Al final, con paciencia e insistencia consiguieron que lo respetaran mínimamente y el proyecto salió adelante.
Otra de las innovaciones fue el programa de educación sexual, sobre todo para segunda etapa, lo impartían una compañera de séptimo curso, Araceli y ella misma, Isabel, de octavo, junto con el psicólogo que trabajaba en Olivares, de nombre Rafael. Tenían un programa perfectamente elaborado, aprobado por el plan del centro y la inspección y con un material estupendo que les habían enviado desde el País Vasco y Canarias, que eran dos de las comunidades más adelantadas en ese campo, de esto hace 23 años. Lo que ocurrió, fue que como era algo tan completo, algunos padres se escandalizaron. Porque en el programa se trataban muchos temas, como por ejemplo, el de las distintas sexualidades y eso era algo difícil de aceptar en aquella época. Tanto fue así, que el propio sacerdote, condenó la acción desde el púlpito, acusándolos casi, de estar degenerando a los alumnos y alumnas. Sobre todo, el peso del “Pecado”, por aplicar la ironía y el sentido del humor en algo tan absurdo, recayó sobre ella, sobre Isabel. Esto la molestó, la hizo sentir mal, puesto que el sacerdote tenía confianza suficiente con ella y su marido, como para haber podido, con una sola llamada, pedir toda la información al respecto de lo que estaban haciendo, ya que frecuentaba su casa por diversas cuestiones, además, el corazón e intenciones de Isabel eran totalmente limpias, tanto a ella como a sus compañeras y compañeros los movían fines pedagógicos, su intención con dicha formación, era que las chicas y chicos pudieran desenvolverse en el mundo real con seguridad y conocimiento de sí mismos y de las distintas realidades.
Pero ni las críticas sin fundamento, ni la falta de apertura mental de algunas personas, conseguirían parar, ni hacer callar, a esta mujer luchadora incansable, en pro de los derechos humanos en general y de niñas y niños en particular. Era hermoso que las alumnas y alumnos la pararan y le contaran que habían dicho en sus casas cual era su orientación sexual, dándole las gracias y diciéndole “gracias seño, porque ya sé lo que soy y no tendré que esconderme en el armario como las personas que usted nos cuenta”, eso sí, se lo contaban a ella en confianza, aun no era el momento de que todos los demás supieran algo tan íntimo.
Aun hoy, no se explica que pudieran pensar esto de ese cuadernillo, cuenta Isabel que se lo leía a su propia madre, con 80 años, que por cierto, se lo agradecía, diciéndole, que ojalá hubiera ella sabido esas cosas, cuando su novio se fue a la guerra y la dejó con un beso en la frente, sin atreverse siquiera a tomarlo de las manos, por temor al qué dirán y delante de la madre de él, por supuesto, demostrando con todo esto, que era una mujer adelantada a su tiempo y de mente abierta, al igual que su hija Isabel, estamos hablando de una persona nacida en el año 1909. Está claro que de casta le viene al galgo.
Aunque sus creencias siguen intactas, Isabel piensa que las religiones han discriminado siempre a la mujer, por eso desde aquel desafortunado incidente, para ella hubo un antes y un después, aquello la marcó, pero no la calló, es más, siguió sembrando la doctrina de la igualdad, el amor y la libertad. La palabra ha sido y sigue siendo su herramienta, herramienta que utiliza a la perfección, como buena artesana, que domina su oficio. A pesar del tiempo sigue hablando de esas cuestiones con las personas a las que dio clase en su día y con las que aun se comunica de vez en cuando. Y nos dice, en tono de corrección, que personas que habían sido muy buenos estudiantes, ahora no son tan buenos padres y madres, considera que la permisividad es excesiva y que a los hijos e hijas, también hay que saber decirles “no” en el momento oportuno.
Por el transcurrir de la vida, hay alumnas y alumnos que no ve hace tiempo, pero siempre los recuerda con cariño. Al cabo, ya mayores, incluso la paran por la calle, para saludarla y recordarle que ella fue su maestra en este o en aquel otro curso, en este o en aquel otro colegio, esos detalles la llenan de satisfacción. Mujer sensible y consciente, asegura haberse encontrado siempre en la vida con muy buenas personas, esa afirmación no nos extraña, como no podía ser de otra forma, su rostro refleja la propia bondad.
Siempre aconsejaba a sus alumnas y alumnos, tiene Isabel un par de reglas de oro, como por ejemplo, que cuando tuvieran pareja y se casaran, no se acostaran nunca con un enfado, espalda con espalda, que lo hablaran. El diálogo es vital, nos dice. Otra de las reglas de oro de Isabel, era que cuando fueran a actuar sexualmente, siempre fuera porque ellas quisieran y no permitieran que las obligaran, de la misma forma, si ellas lo deseaban, que tuvieran la libertad de pedirlo igualmente.
El último año que estuvo en segunda etapa fue en séptimo. Después ya eran “los mayores”, así que cogieron 5º y 6º y adaptaron todo a esa edad, y de ahí a la jubilación. Nos comenta reflexiva que antes se amaba el colegio, la escuela, había un respeto entre las partes, hoy se les da la razón a las niñas y niños por sistema y se les quita la razón a las maestras y maestros delante de ellos, con lo cual el o la docente pierde la propiedad a la hora de corregir. Ese es un gran error que la sociedad actual está cometiendo.
Opina que hay que transmitirle a la mujer, que puede ser libre, que debe serlo, que no tiene que depender de ninguna otra persona. Que puede y debe formarse y tener su trabajo, su independencia económica, su criterio, es más, es necesario para su realización personal, como ser humano, como esposa, como madre y como ser individual que así sea. Ella misma nunca deja de hacerlo, nos cuenta que ha asistido a charlas y ha hecho varias formaciones en el instituto de la mujer, asistiendo a cursos, congresos y talleres. Tampoco deja de sembrar, contestando a quien le pregunta, cuando sale el tema y cuando la reunión y el ambiente se prestan a ello.
Les dieron la oportunidad de pasarse al instituto, pero no lo hicieron, se quedaron en la escuela, ella, su marido y otra compañera, sentían que su labor era enseñar, eran maestras y maestros y no tenían intención de ser otra cosa. En un instituto no serían ni maestros, ni profesores, su sitio estaba allí, en el colegio, dando lo que tenían, haciendo lo que de verdad sabían hacer.
En cuanto a las nuevas tecnologías, nos confiesa sentirse algo perdida, aunque reconoce que son nuevas herramientas y formas de enseñar, diferentes pero igual de válidas.
En definitiva, siente que ha logrado cumplir con su cometido como docente -toda mi vida seré maestra, eso no cambia- nos explica con una sonrisa.
El consejo que nos da para las niñas y niños es que se formen. Una persona sin formación es fácilmente manipulable, una persona formada no, además gobernar a los ignorantes es tarea fácil, gobernar a personas con preparación y criterio resulta más complicado. Está dispuesta a hablar con quien la requiera y a pesar de los años transcurridos, mantiene relación con un grupo de antiguas alumnas y alumnos y se reúne con ellos para charlar de temas de interés.
Aunque los días ahora transcurren tranquilos y la lucha diaria ya no es tan ardua, su inquietud no ha cesado, sigue conservando esa chispa en los ojos, esa chispa que tienen las personas inquietas, curiosas, ávidas de conocimiento, que aman la vida y saben valorarla, esa luz de inteligencia y alegría de quien se siente afortunada y satisfecha de lo vivido, aprendido y compartido y esa humildad, que solo da la bondad interior, la gratitud y el conocimiento. Dentro de la tranquilidad del merecido descanso, Isabel sigue enseñando, sigue educando, no deja pasar ocasión y así lo hace con su propia familia, con sus nietas, a las que suele hablar de temas importantes para el crecimiento mental y personal. Es un privilegio poder conversar con esta mujer, aprender y disfrutar de su sabiduría y conocer sus puntos de vista, así como escuchar de primera mano su enriquecedora historia.
Agradecerle que nos haya abierto las puertas de su casa, que nos haya narrado su historia de vida, compartir con ella estos momentos ha sido un honor y un placer. ¡Gracias Seño Isabel María! ¡Hasta siempre maestra!