“Es hora ya, por el honor de nuestra Historia, de dar a este protagonista de uno de sus más trascendentes reinados su justa categoría: la del último genuino español de la época imperial; la de político excelente, pero de virtudes anacrónicas…; la de un ejemplar de humanidad desbordada, arquetipo de la pasión de mandar…; pero siempre magnífico; y presidido por el signo de la anormalidad, que ha colaborado tanto como el azar y como el genio en la historia  política  de  los pueblos”.(1)

“Gaspar de Guzmán se sentía orgulloso de definirse a sí mismo como hijo de Sevilla. No se puede entender al Conde Duque de Olivares sin comprender algo de la Sevilla de comienzos del siglo XVII”.(2)

Narrar hechos históricos desde un punto de vista actual puede resultar ilegible para entender el por qué de los mismos. Más bien debemos contextualizarnos y adentrarnos dentro de los personajes que lo protagonizaron. Vivir en su época, entender su formación recibida y el para qué fueron educados. Las memorias no fueron creadas para tergiversarse, sino para concebirlas desde su entorno original.

Enlazando esta percepción con la figura de Gaspar de Guzmán y Pimentel, conocido como el Conde Duque de Olivares (Roma, 6 de enerode 1587-Toro, 22 de juliode 1645), III Conde de Olivares, I Duque de Sanlúcar La Mayor, I Marqués de Eliche, Grande de España, Alcaide de los Reales Alcázares y Atarazanas de Sevilla, Gran Canciller y Correo Mayor de Indias, Alcaide del Real Sitio del Buen Retiro de Madrid, Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, Capitán General de Caballería de España, Camarero Mayor, Caballerizo Mayor,  Sumiller de Corps y  Valido del Rey Felipe IV, entre otros títulos y mercedes.  Un solo personaje que aunó en sí una serie de títulos que conllevaba también un comportamiento y trabajo acorde con su estatus nobiliario.

Aun así podemos considerar su presteza adelantada a la época en la que coexistió. Analizando la situación de España en la transición de los siglos XVI y XVII podemos contemplar monarcas y figuras políticas de distintos patrones y modelos, intentando solventar las diferentes crisis que se presentaban tanto a nivel nacional como internacional.

Frente a esta perspectiva, el Conde Duque accede a la Corte desde donde toma posesión de su cargo como valido y cambia la concepción política nacional.  A grandes rasgos, su trabajo se situó hacia los siguientes finalidades: reforzar el poder estatal que implicaba llevar a cabo una serie de reformas administrativas que acabasen con la corrupción y pusieran orden en la gestión burocrática; acentuar la centralización de decisiones y la unificación del territorio, exigiendo una mayor participación de todos los componentes en los destinos comunes y también la contribución material y humana correspondiente; moralizar la sociedad española y racionalizar el ordenamiento estamental para que los diferentes grupos actuaran de acuerdo con sus funciones; una proyección exterior de grandeza que convertiría a la Monarquía Hispana en gran potencia mundial.

Por desgracia, la situación que atravesaba España por aquellos tiempos de decadencia no era la más idónea, ni mucho menos, para la realización de sus objetivos, lo que unido a la sublevación de Cataluña y la pérdida de Portugal, hizo que terminara su carrera política, después de veintidós años, y fuese destituido y desterrado de la Corte.

Pero no sólo debemos resaltar la figura del Conde Duque como político, sino también como persona culta y amante del arte en todas las vertientes, faceta que había cultivado en los años de su infancia en Italia , convirtiéndose en mecenas de diferentes artistas, como Francisco de Rioja, Fernando de Herrera, Guillén de Castro, Rodrigo Caro, Juan de Jáuregui, Baltasar de Alcázar, Juan de Fonseca, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Virgilio de Malvezzi, Juan Antonio de Vera y Zúñiga “Conde de la Roca”, Francisco de Melo, Juan de Roelas,

Francisco Pacheco, Diego de Velázquez, Pedro Pablo Rubens, Alonso Cano, Juan Bautista  Maino, Francisco de Zurbarán, Luis de Ulloa…

A su interés por su legado, dominios y lazos familiares le debemos el esplendor de siglos pasados de nuestra localidad. Debido a su gestión y a su situación política dotó a la Villa de Olivares de una serie privilegios que vendría a aumentar su riqueza patrimonial aunándose con el legado de sus antepasados. Dotar de capellanía y ostentar el rango de Colegiata significó el aumento de los beneficios y una gestión independiente al cabildo catedralicio hispalense.

Así pues, desde su posición en la Corte, veló por sus posesiones, familiares y amigos, evidentemente por su interés y por el bien común, lo que no deroga su intención y beneficia directamente a la Villa de Olivares como vemos en su devenir. La historia ocurre en la mayoría de los casos como está escrita, aunque suele haber tergiversaciones, añadidos y fuentes no fiables. Aun así debemos confiar en los historiadores e investigadores para entender los hechos pasados y darnos cuenta de que lo acontecido no se puede cambiar.

Para un mayor conocimiento de esta figura histórica mundial, recomendamos la lectura de los siguientes libros:

·         “El Conde Duque de Olivares, la pasión de Mandar” Gregorio Marañón (1)

·         “El Conde Duque de Olivares” Jonh H. Elliott  (2)

·         “El Estado de Olivares” Antonio Herrera García

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