Nacida  en Puerto Real, un 11 de Junio de 1945. Creció en el maravilloso entorno de  la sierra norte de Sevilla, en el Municipio de Guadalcanal. Isabel María  Ortiz Rodríguez, era una chica resuelta. Desde muy temprana edad, había tenido clara su vocación. Quería estudiar Medicina, concretamente Cirugía. Se proponía cursar dichos estudios fuera del pueblo. Pero a veces el destino tiene otros planes.

El padre sufre una angina de pecho cuando ella  estudia bachillerato y todo se viene abajo.

Sus padres le comunican, que no hay posibilidad de  cursar fuera los estudios superiores. Dada la situación económica, les es imposible afrontar los gastos, que su formación supondría.  La situación en el hogar  familiar no es propicia. Cuando se marcha la chica que ayuda en las labores  domésticas, ella  queda al cargo de la casa y es, en ese instante, en el que decide no conformarse. Un buen día, su padre, le pone encima de la mesa del comedor, los libros de magisterio diciéndole que eso es, lo que por ella puede hacer en ese momento.

No se lo pensó y se dispuso a estudiar aquella carrera que, aunque no fuera la deseada, siempre sería mejor que hacer las veces de chacha. Con el apoyo de sus progenitores, también maestros, logra aprobar las primeras oposiciones. Mientras, empieza a trabajar, en sustitución de una maestra, con niñas de 5º curso. Entre sus alumnas se encontraba, la hoy famosa cantante de copla, Isabel Pantoja. Ese fue su primer contacto con la docencia, con la realidad de un campo, que marcaría su trayectoria  profesional, personal y humana, en muchas ocasiones a lo largo de su vida y aun hoy en día. Nunca se deja de ser maestra…

Su novio ya se había presentado a las mismas oposiciones que ella y había suspendido, por ello, amenazaba con rendirse, pero ese término, no estaba contemplado en el diccionario personal de Isabel. Y nos explica: “Si no se sabía los temas como yo entendía que era adecuado, no se salía. Fuera Semana Santa,  feria, Navidad o lo que fuera”.     Mientras lo ayuda a prepararse, en esos dos años y con su plaza de maestra, termina los estudios de Pedagogía Terapéutica. El motivo por el que decidió realizó dichos estudios, fue debido a un hecho acontecido años atrás. En Diciembre de 1950 su hermana mayor, Agnola, con casi 9 años, contrajo la meningitis y falleció en 48 horas, a manos de la terrible enfermedad. En su casa siempre quedó la duda de saber, en el hipotético caso de haberse salvado, cómo habría quedado. Por todo esto le inculcaron el respeto hacia cualquier niño con alguna minusvalía.

Después de esta triste pero necesaria aclaración, retomamos el hilo de la historia. Por aquel entonces, las oposiciones se hacían en dos grupos, uno de mujeres y otro de hombres, como había más mujeres que hombres, a ellos les daban plaza antes.

No hacía de maestra de su novio, hacía de compañerita, me aclara con absoluta ternura y modestia. Había que estudiar y ella apoyaba, además, aquellos eran sus propios apuntes, sobre todo los de pedagogía, porque en Córdoba, él había tenido muy bajo nivel en esa materia, en otras los profesores habían tenido un buen nivel, pero en esa no. En el año 1969 no hay oposiciones. Hasta   1970 pues, no se vuelve a presentar y esta vez las aprueba. En Abril de 1971 se casa con el que hoy es su marido y compañero.

Su marido estuvo 3 años destinado en la Algaba. Ella tuvo sus primeros destinos en Valencina y Alcolea del Río, para pasar a hacer las prácticas de Pedagogía terapéutica en un colegio de deficientes físicos y/o mentales, junto al estadio del Sevilla, en la calle Goya. Parecía que iban a cerrar dicho colegio, por lo que vuelve a la enseñanza normal.

Ya embarazada de su primer hijo, la destinan a Caño Ronco, en el barrio de la Uva, en Camas, en el curso 72-73. Vuelve a trabajar con alumnas  disminuidas. Catorce niñas en total, nueve de ellas con síndrome de Dawn.

El primer año dejaba a su hijo mayor en una guardería. Entre tanto, es madre por segunda vez, la situación se complica. Pero lejos de arredrarse, sigue trabajando con sus dos hijos a cuesta. Cuenta que sale de su casa a trabajar con ellos y vuelve con ellos. Como había varias maestras con hijos pequeños, hicieron, con el permiso de la inspectora, una guardería, dentro del mismo colegio, donde poder dejarlos mientras trabajaban, y en la que daban de comer a un niño espástico, cuya madre no tenía recursos. Ya en este periodo, observa la unión que había entre compañeras -Éramos siete- comenta -y éramos una piña. En nuestra boda estuvieron todas las niñas del colegio- Nos cuenta, con un tono  de satisfacción en la voz.

Fue la gran odisea de su vida. Salía de casa a las ocho de la mañana, con los dos niños, el carrito, la bolsa con las gasas (aun no había pañales desechables) y hasta la minipimer, porque en el colegio se la habían robado ya dos veces, así que cada semana, le tocaba llevarla a una compañera, para molerle la fruta a los chicos. Fueron dos años terribles, de un estrés indescriptible para ella.

A su hijo menor le daba de desayunar a las siete de la mañana, de comer a las once, estamos hablando de almorzar y la merienda a las tres, para cuando llegara a casa a las siete de la tarde, darle la cena y acostarlo. Como anécdota cuenta, que cuando hacían el cambio de hora, le tenía que poner una tela azul a la ventana, porque el niño mayor preguntaba, por qué había sol, si era la hora de acostarse. Así tenía que andar para poder ejercer, para no renunciar a su sueño.

En 1973  a su marido lo destinan a Olivares, pero no será hasta el 74 que  ella,  lo siga por consorte. Les dieron una casa forzosa, porque fueron los últimos en llegar y se encontraron con un pequeño desastre. Consiguieron por fin adecuarla para poder vivir y comenzó una etapa, que ella describe como muy feliz. Al darnos este dato, se le dibuja una sonrisa.

Las casas ocupaban, lo que actualmente es el edificio del Centro Cívico.

-Antes de llegar a Olivares, la única vida que tenía era mi trabajo, mis hijos y mi casa, siempre muy aseadita y con una colita, parecía mi abuela-

Cuando llegó a Olivares fue para ella un descanso, le decían que se había quitado 20 años de encima. La decisión de venir a Olivares, la tomó sola, le costó mucho, porque tenía que dejar a sus niñas deficientes y fue muy duro. Pero ganó en  calidad de vida. Venir a Olivares significó el  arreglo de la situación profesional y la personal, porque ya tenía ayuda de su marido. La pareja se reconstruyó. Anteriormente él iba y venía y todo el esfuerzo recaía sobre Isabel. Por fin podían tener una vida familiar normalizada, en la que su marido  se implicó mucho más, puesto que ahora, estaban juntos. -Los 33 años que vivimos en esa casa, fueron los más felices de nuestras vidas-

Llegar a Olivares fue llegar al paraíso, trabajaba en lo que hoy es la guardería de Blanca Nieves, justo frente de donde vivía. Por aquellos días, hubo una epidemia de hepatitis, porque no había clases suficientes, porque las que había eran pequeñas y por lo precario de las instalaciones. Se contagiaron varios alumnos e incluso algunos maestros.

Tuvo la gran suerte de que le dieron un desdoble. Entonces comenzó a trabajar en el colegio.

-Al llegar a Olivares me encontré un grupo heterogéneo de niñas, las tuve en 4º y 5º. Después de esa promoción entré en 1º, eran 42 entre niñas y niños, un grupo con el que se podía trabajar muy bien, apuntaban maneras.  A esa promoción, tengo el honor de poder afirmar, haberla llevado de 1º a 8º, esto lo puede decir muy poca gente. Eran como mis hijos y algunos lo siguen siendo- Un destello de orgullo y satisfacción se adivina en su mirada.

En ese momento el pueblo se divide en dos colegios, el Prado y los Eucaliptos, casi todas sus alumnas y sus alumnos se van con ella, solo cuatro o cinco  se quedaron en los Eucaliptos, los demás se fueron al Prado. Los había dejado en 5º, pero  por orden del inspector, tenía que incorporarse a segunda etapa y así los volvió a tener hasta octavo. Aquella promoción estudió y eso significó una subida de nivel en Olivares.

El  colegio de Olivares era un colegio de aquel tiempo, de niñas por un lado, de niños por otro y paulatinamente, se fueron formando cursos mixtos.

Olivares era un pueblo sin apenas progreso, con calles de tierra y un nivel de formación bajo. Cuenta que a veces en las casas de los maestros, no tenían ni agua, se la facilitaba  la señora del matadero, lo que es ahora la biblioteca, por lo menos para las primeras necesidades.

La diferencia entre la educación actual y la de aquel tiempo la encuentra  sobre todo, en que había un respeto por la escuela y los docentes, incluso las personas con menos nivel cultural, o sin formación, infundían en sus hijos ese respeto por ellas y ellos, tenían autoridad y no era miedo, no, era respeto, eran otro tipo de valores los que se inculcaban a los críos desde los hogares. Una mala contestación, una mala palabra, era motivo de  reprimenda en casa por parte de los padres. Además algunos maestros y maestras eran  progresistas, innovadores, adelantados a su tiempo. -Yo he hecho coser a los niños y a las niñas en otra clase, se les enseñaba marquetería-

La actividad social, si puede llamarse así, que tenían en Olivares, era ir a misa, el resto de su vida social y lúdica, transcurría entre los compañeros, en la misma casa donde vivían.

Era una amistad sana, nada invasiva, con todo el respeto hacia la intimidad de cada uno. Cualquier excusa era buena para estar juntos, comer juntos, ver un partido. Cada uno aportaba lo que tenía y se reunían para conversar, reír, vivir en pocas palabras. Eso sí, todo no eran risas, cuando alguno se encontraba en un aprieto, allí estaban los demás para socorrerlo…

Aquella mañana, el marido de la vecina y maestra Enriqueta, que pisaba justo encima de Isabel, se había ido a trabajar. Al cabo del rato, bajó la abuela muy preocupada a decirle que Enriqueta se había puesto de parto. Enseguida habló con el director del colegio contándole lo acontecido, sin más preámbulo, su marido y ella la llevaron al hospital. Después de dejarla en buenas manos,  marcharon a trabajar y entre tanto, se produjo el feliz alumbramiento. Cuando fueron a ver a la criatura, ella entró y dijo: ¡A ver! ¿Dónde está esa Mª Cinta? La madre le contestó, aquí no hay ninguna Mª Cinta, aquí hay una niña que se llama Isabel María. Indescriptible  la emoción que sintió  al saber que le habían puesto su nombre a la recién nacida. Se convirtió en la madrina de la criatura y su marido en el padrino, claro. Eso  dará una idea, del vínculo que se creó entre compañeras y compañeros.

Doña Manola, era la mayor de todos. Eran un grupo con una unión especial, que duró hasta casi la jubilación, no porque  se separaran por algún desacuerdo, lo que ocurrió, fue que comenzaron a entrar  nuevos docentes y la relación se diluyó de un modo natural.

Son admirables la inteligencia, el valor y el coraje de esta mujer de poco más de  20 años, que se enfrentó a la vida y sus avatares con verdadero arrojo y decisión.

Constatamos que nunca ha sido fácil  conciliar trabajo y familia, más para una mujer y más aun en plenos años 70 en España. Todo lo conseguido ha costado el doble de esfuerzo y sin embargo, ahí están, son esas grandes mujeres, que tal vez,  pasen inadvertidas para el resto de la humanidad, pero que en su entorno, en la parcela  que les ha tocado, han dejado su huella, su granito de arena, han dado todo de sí y son recordadas con amor y agradecimiento, por su gran labor profesional y humana. Maestras, trabajadoras, madres,  esposas, amigas, compañeras y por supuesto, grandes profesionales, que con su trabajo, entrega, esfuerzo y perseverancia han conseguido vivir como querían y dejarnos el legado de una libertad y un derecho impensables años a, el de hacer y ejercer en esta vida según la llamada de nuestros corazones, de nuestras vocaciones, de acuerdo con nuestros principios. El poder realizarnos como seres humanos y cumplir el propósito de nuestra existencia.

Podríamos seguir escuchando a Isabel todo el día sin cansarnos, por su ternura, su fluidez al expresarse, su carácter fuerte, pero de una dulzura increíble y sobre todo, por lo que se adivina tras esos ojos llenos de luz y de alegría. Esa comprensión de la vida y las situaciones humanas, que solo da la experiencia consciente.

Gracias Isabel, hasta pronto.

Continuará…

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